Breve reseña de El Último Vecino en Departamento

Se abren puertas a las 20:00 hrs. Y pues me he perdido varios comienzos de conciertos por llegar después de la hora; así que no compre alcohol caminero ni nada para el trayecto. De nuevo tarde, llegué onda 8:40 y con la vejiga chillando. Y pues mi acompañante andaba en las mismas, sólo que ella es mujer y es bien sabido que las morras aguantan más la chis que los cabrones… No orine en la vía publica, y es que ya  había mucha gente esperando  afuera de Departamento; así que corrí a chillarle a la hostess del restaurante de a lado; sin pedos me dejo pasar. Y estoy seguro que se apiado de mí al ver mi semblante. Eso. Ya sin la orina nos dedicamos a espera a que abrieran la puerta. La gente se conglomeraba poco a poco, y entonces la muchachada mato tiempo con chelas del oxxo. ¡Y bang! Se abrió la pinche puerta, onda 9:20 :(:

Primero pasaron los de la lista; yo fui el primero en apirañarme pero mi acompañante no traía su ID, y pues ya: entre ruegos y amaños pasamos. Yo conozco a lo que iba a ver y eso no era El Último Vecino; era Diosque, un tío argentino muy pequeño de música que mola. Nadie lo esperaba y muchos no lo conocían pero no importo, esto apenas empezaba y la mayoría bailaba.

El Último Vecino no la hizo a la mamada y luego luego empezó a tocar, sin más, ni presentaciones ni saludos cordiales. No tardo mucho y Gerad se despojó de su camisa; hacía un calor infernal, ni ventanas abiertas ni aire acondicionado. Y lo peor, si ibas por una chela seguramente perdías tu lugar privilegiado. Logre sacar más chupe a través de un mesero y de ahí no me moví, nadie se movió más que para bailar. 2 morros de menos de 20 querían armar el slam detrás de mí. Eran los únicos, los mismos que bebían chela del oxxo allá afuera. Al principio me incomode porque nuestros bailes no coincidían. Ellos más salto salto y yo más oscilatorio. Pero en chinga capte que esos dos morros eran igual o mayores fans que yo. Además ya traían la peda en sima, así que me uní en su bando. Queríamos que sonara “qué más da”, algo más movido decían los morros. Al final no sonó la canción movida que queríamos, pero no importo. El Último Vecino vino desde Barcelona a México para esto, para tocar  en el cuarto de una casa. Volumen alto, instrumentos nítidos, cariño reciproco, gente bailando; era su noche, nuestra noche.


Gerard 2

Demasiado enjuto para hacer cosas, mejor dicho demasiado debilucho para estar a la altura de las travesuras de la pandilla. Nunca, o casi nunca le daba alcance a las diabluras de sus compinches. Ni hablar de los juegos típicos, jamás daba una. El burro castigado lo jugaba de forma poco ortodoxa y poco eficaz; el trompo nunca pudo aterrizar en la palma de su mano; y las niñas siempre lo pellizcaban (como mínimo) a la hora de intentar otear bajo sus faldas. Un desastre. Pero Gerard no le daba mayor importancia a su torpeza. Para Gerard eran nimiedades de las que se sabía pasajero. Pero había una cosa que en verdad lo inquietaba. Una especie de rito  urbano que no podía dejar pasar; dado que era el único que aún no lo había logrado y también porque era un hito de los rituales callejeros. Intentar colgar sus tenis del cable de luz era su constante incertidumbre, y parecía que vivía para conseguirlo. Pero la cosa no era tan fácil, y menos para un niño enclenque. A pesar de varios intentos fallidos, Gerard nunca deserto la misión. No era de esos. Su falta de fuerza la compensaba con convicción. Pero…

     Gerard tenía que decidir entre los zapatos o los tenis. No tenía más de donde escoger. Los zapatos eran exclusivos para la escuela, mientras los tenis tenían exclusividad para deambular por las tardes —además de ser usados una vez a la semana por el remedo de educación física que reciben los escolapios a esa edad—. Sin más que bacilar, opto por los tenis; unos New Balance bicolor que adoraba por la gran N. Era un enajenado de Naruto.

     A pesar de que los New Balance tenían una vida considerable por delante, y de que eran sus tenis favoritos (los únicos). Nunca dudo en colgarlos. Pensó que con ese acto ya no sufriría la  indiferencia de su madre. Era consiente que su osadía podía menguar  la economía familiar, y no sólo eso, también recibiría tremendo regaño y hasta en una de esas podía ser merecedor de un cachetadón. Cosa que lo entusiasmaba bastante. Pero sobre todo, no defraudaría a la pandilla, su pandilla; que por momentos lo consideraban  un tanto tibio, un blando, un enclenque.

     Cuando por fin lo consiguiera, Gerard elevaría su existencia al cielo, por lo menos hasta donde llegan los cables de luz.


Gerard 1

Aquél era un escuincle muy enclenque: de mínima estatura, cabello súper lacio y siempre con el moco sube y baja; sólo le faltaban los anteojos gigantes para que fuera todo un cliché peliculero. Su madre era demasiado anticuada: se la pasaba tejiendo carpetas todo el día. Carpetita arriba de la tele, carpetita en la alacena y hasta carpetitas en el baño; no discriminaba. Era una mujer demasiado atareada como para prestarle la necesaria atención a su hijo.  Pese a todo, Gerard nunca se achicopaló, pues encontró un estupendo escape a sus pesares a través del periódico que leía su padre, precisamente en el correo ilustrado. Después de cenar, su padre terminaba de leer el periódico y, sin más, lo aventaba sobre la mesa. Por las mañanas, Gerard cogía el periódico excusándose con su mamá de que el maestro se los había pedido para no sé qué cosa. La madre de Gerard, fiel a su costumbre, no le daba más importancia, pues al fin y al cabo era su hijo y podía amarlo o no. Además había nacido enclenque, fragilito como el amor veraniego.

    Siempre estaba ensimismado, pensando en aquellas historias-injurias que leía en el correo ilustrado. Cuando había una palabra que desconocía, la hacía suya. El diccionario era su mejor aliado, no así su memoria, así que sólo trataba de aprenderse una o dos palabras por día. Se esmeraba tanto en esta labor, ya que seguidamente era  molestado por casi todo niño de la escuela, inclusive hasta las niñas lo troleaban —huele a machismo—. Gerard no se podía valer ni de su escasa fuerza física, ni de su inteligencia promedio. Lo único que le quedaba era insultar a sus agresores con floridas groserías y sucias palabras, lo que a menudo traía más golpes. Sin embargo, Gerard nunca aflojaba la lengua; cada vez era más hábil con las palabras o, mejor dicho con los insultos. Eran tan ingeniosos hasta el punto de cautivar a los presentes: los compinches de sus rufianes y la bulla en general solían morir a carcajadas. La cúspide llegaba cuando los improperios lanzados devenían en apodos punzantes y precisos, de esos apodos que se vuelven legendarios y suelen ser sobreexplotados.

     Después de haber patentado dos que tres apodos, Gerard ya era uno más de la pandilla del “4° B”. Seguía siendo la jerga de casi todos, pero ahora ya tenía amigos, y lo más importante: el enclenque ya no era el blanco  favorito de nadie.  Exceptuando a su madre.


+ aquelarre  – condones

Entre muchas cosas horripilantes que pasan en México, y que hacen que éste país siga  bananero; se encuentra la disminución de la compra de condones masculinos por parte de la Secretaría de Salud (SSA). Dicha instancia en 2014 compro 72 millones de condones masculinos a través de una licitación pública; y para sorpresa de todos, este año sólo adquirió 52 millones de condones, otra vez mediante una “licitación pública”. La cual ha estado plagada de irregularidades según varios de los participantes. Desde juntas de aclaraciones pospuestas, hasta omisiones de información en el empaque del producto; y es que la licitación se  pasó por el arco del triunfo la Norma 132 de la SSA referente al etiquetado de dispositivos médicos, y tan le valió pito que  no exigió a los fabricantes plasmar leyendas informativas en el empaque del preservativo. Cosas tan básicas como: el uso de este producto es desechable, o para exclusivo uso masculino. Cualquier moderno podría decir que todos saben que es lo viene dentro del empaque cuadrado y cómo se usa; pero no. Hoy en día sigue existiendo una marginalidad abundante en gran parte del territorio mexicano; así que acá entre nos, no está de más que por lo menos se indique que la cosa de látex es desechable. No vaya a pasar que un wey se crea lo de la película “Por La Libre” y quiera lavar su fundita una y otra vez.

       20 millones de condones menos, sin duda es una burda decisión por parte de la Secretaría de Salud. Pero, lo verdaderamente importante por lo cual el gobierno adquiere millones de condones, no es para que armemos orgías y orgias sin el riesgo de que se nos caiga el pene en pedacitos. Sino es la principal estrategia de prevención de embarazos no deseados y de enfermedades de transmisión sexual, incluido el VIH/SIDA. Lo que hace pensar que esta decisión de la actual administración, tiene una connotación de seguir acrecentando la miseria en México. La cosa es sencilla, mientras más mano de obra haya para abastecer a las empresas, menor serán los salarios. Un ferviente capitalista te diría: si no quieres trabajar, no hay pedo; allá afuera hay miles de personas que están dispuestas a trabajar con el mismo o menor salario que tú, ¿por qué? Porque somos un chingo y a huevo tienen que comer. Marx lo llamaba el ejército industrial de reserva, “que sirve como reserva de trabajo no utilizado, que varía según las condiciones y fases de los ciclos  económicos, y que puntualmente actúa como un poderoso regulador del salario (manteniéndolo en niveles bajos)”.

         Además la decisión de reducir el número de condones y las malas estrategias en campañas de salud sexual, pueden potencialmente acrecentar las enfermedades de transmisión sexual. Para empezar, nadie sabe a ciencia cierta qué porcentaje de los condones entregados son utilizados como se debe,  ¿cuántos machos usan y usaran el preservativo distribuido por la marca Dentilab? Pocos seguramente. La mayoría  de la gente se queja de que “es la cosa más incómoda del mundo” o que “a la hora de consumar el amor no se siente nada”; tanto hombres como mujeres se quejan de la insensibilidad del preservativo. Podría sonar a paparrucha, pero tal vez si en la licitación se incluyera la texturización del condón como requerimiento indispensable, la cosa sería otra. Sin temor, me atrevo a decir que más personas lo usarían. Ya no le harían el fuchi, a los coloquialmente llamados condones del seguro —aunque ni sean del seguro—.